Navegando en internet, buscando información sobre Lucía, nuestra amada estrella porno, es posible hallar el blog de Ramiro Lapiedra. Claro, el apellido no es casualidad: es ni más ni menos que el ex-marido de Lucía, y famoso productor y director de cine porno español. Lo que aquí abajo tenéis, es una vivencia suya, confesando su desliz con una chica. ¿Le habrá puesto cuernos a Lucía Lapiedra? Él, al menos, dice que no…
” Cuando vivía en la calle Goya durante la etapa final de mi alegre convivencia con Lucía, se me ocurrió meterme en un chat de móvil: envías un mensaje con “ligar” o “quiero conocerte” o algo así y recibes mensajes de chicas con alias y todo ese rollo, ya sabéis.
Empecé a intercambiar mensajitos con una chica que vivía por Usera y tenía 19 años. Lo que más me convenció del tema fue que me escribió que tenía 110 de pecho natural. No llegamos a hablar pero nos mandábamos textos calenturientos a todas horas.
Fantaseaba yo muy a menudo con esas gigantescas tetas naturales (lo peor de mi novia eran sus tetas de goma).
Un día me decidí a citarme con la misteriosa jovencita. Quedamos después de cenar, en su casa. Tuve que recorrer todo Madrid desde Goya hasta Usera en metro porque no tenía ni un duro para el taxi. Mi economía nunca ha sido muy regular, tiene períodos de bonanza y períodos de miseria que se suceden de una manera trepidante y frenética.
Hace una noche sin estrellas, realmente oscura. Salgo del metro de Usera, ciudad sin ley. La parada está a un cuarto de hora andando de la dirección que me ha indicado mi “amante”. Camino como alma que lleva el diablo empezando a arrepentirme de toda esta movida. Por fin llego y toco al timbre. Me responde una voz femenina realmente dulce:
- ¿Sí?
- Soy Ramiro.
- Bajo un momento. Tengo que pasear al perro.
- Vale.
Espero impaciente. Intento en vano dejar mi mente en blanco y no incurrir en ninguna de mis manías compulsivo/obsesivas (repetir una frase varias veces en mi cabeza; dar determinados pasos hacia delante y determinados pasos hacia atrás…). Comportamientos que repito cuando estoy muy nervioso y deseo que algo salga bien. “Que esté buena, que esté buena”; les pido a mis manías en esta ocasión. Me dispongo ya a dar un número perfectamente determinado de pataditas en la pared cuando veo que se ilumina levemente la portería al abrirse el ascensor. Alguien se acerca y abre el portal. Ahora puedo ver claramente ante mis ojos a la misteriosa chica de los “sms”.
Voy a intentar describirla sin caer en absoluto en la hipérbole, expresar exactamente cómo era. Lo haré de manera telegráfica:
Peso aproximado (a ojo de buen cubero): 130 o 140 kilos.
Altura: muy bajita, más ancha que larga.
Cara: rasgos mongoloides bastante acentuados.
Este engendro surgido de las entrañas más profundas de la tierra avanza hacia mí con la mejor de sus sonrisas llevando de la correa a un perrito yorkshire. Inexplicablemente consigo que no se note en mi rostro ningún gesto que denote decepción. Actúo con total naturalidad y me pongo a pasear al perrito e incluso a charlar con el monstruo.
Soy tan cobarde que no he sido capaz de largarme corriendo al verla; de hacer mutis por el foro como hubiera hecho cualquier hijo de vecino.
No.
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